La familia que eliges

playa con el mar azul y unas montañas de fondo

Odio la playa. Odio el Verano. Con todas mis fuerzas. No hay un átomo de mi cuerpo que le apetezca sentir el calor sofocante, asqueroso y húmedo que el verano malagueño nos tiene preparados a todos los que tenemos la inmensa suerte de vivir en esta maravillosa ciudad. Maravillosa, sí, pero calurosa. Málaga es, como dijo Ollivanders (el fabricante de varitas) sobre Voldemort en Harry Potter y la piedra filosofal: “El que-no-debe-ser-nombrado hizo cosas terribles, sí, pero grandiosas” Pues igual, esta ciudad es capaz de lo mejor y de lo peor. Pero bueno, que me desvío del tema.

¿Por donde iba? ¡Ah, sí! Que odio la playa, que odio el calor y que odio el verano. Aun así, he tenido que comerme con patatas fritas mis palabras sobre la playa y mi juramento vital de que no volvería a pisarla hasta que las ranas comenzaran a criar pelos. ¿Por qué? Por presión social. Pero no una presión social cualquiera, si no la presión social de: Javi, o vas a la playas u hoy no tienes amigos. Así de claro y así de tajante fue. ¿Te apetece socializar? ¡Sí! Respondí con cara de ilusión y sorpresa. Pues tendrás que venir a la playa a pasar -tooooodoooo el díaaaaa- (léelo otra vez en cámara lenta, como si fuera una peli que relentiza al personaje para dar énfasis en una película mala de comedia).

Y ahí me vi yo, en la playa, a las 11:30 de la mañana, cobijado bajo dos sombrillas que estratégicamente mis amigos colocaron y yo, pícaro, tuve a bien disponer de ellas. Postré mi silla entre dos sombrillas y, a la sombra de los pinos, como María del Monte, decidí poner al buen tiempo de verano, buena cara. El día transcurrió con normalidad. Con amigos, bañándome, entre bromas y conversaciones que arreglarían el mundo, fueron pasando los minutos y las horas hasta que, después de comer (una buena ensalada de pasta que hice para mí y otros dos de mis amigos), llegó ese momento de soponcio vital en el que tu cuerpo te impele a dormir o desfallecer, tú eliges.

Ese momento en el que te acurrucas en tu silla de señor mayor (sí, ya vamos teniendo una edad y hay que admitirlo), mulles bien el culito como perrillo que se sienta, entrelazas las manos por encima de la barriguita sudada por el calor y tus ojos comienzan, en contra de tu voluntad, a cerrarse de forma paulatina. Tu cerebro comienza a desconectar poco a poco y tú te dejas llevar por el sonido de las olas y de las conversaciones que van pasando a tu alrededor, utilizándolas de anclaje atencionales para comenzar a caer, poco a poco, en las manos dulces de Morfeo. Vaya, que te quedas sopa.

Tres sillas de playa en la playa con una gaviota volando por encima

No sé cuanto tiempo pasó hasta que mis ojos se abrieron y desperté con esa típica sensación que deja una buena siesta existencialista de: ¿Dónde coño estoy? ¿Quién soy? ¿Por qué existo en estos instantes? Cuando, por fin, logré ubicarme en el espacio tiempo pude observar a mis acompañantes dormidos, en paz, en calma y en armonía. Estaban en sus propias sillas, toallas y bajo las mismas sombrillas que yo, apilados y acinados como los zombies de Guerra Mundial Z, roncando y soñando, durmiendo y en paz. Como no quería despertar a ninguno, alcancé como pude la mochila que me acompañaba donde había guardado esa misma mañana un libro y mis AirPods por si necesitaba escapar del mundanal ruido playero y comencé a entretenerme como un chiquillo. Abrí primero el libro y me leí dos capítulos y, cuando un señor que había enfrente con su mujer y otros amigos comenzó a chillar por encima de los decibelios permitidos por el ser humano, decidí calzarme los auriculares, darle al play a la música y, entonces, OCURRIÓ.

*Inciso - debo recoger unas palabras del señor de los decibelios por que, si algún día la demencia se apodera de mí, no quiero perderlas: Pedro (apelando a su amigo que, como mínimo, debería ser sordo), ¿te acuerdas de Jaime? ¡Qué chaval! ¡Qué hombre! Jajajaja y… ¡Cómo se murió! (Simplemente, fascinante).

playa idílica y maravillosa

Volvamos a mi historia, al momento música, al momento catártico-emocional  que pude vivir en la playa y que merece unas palabras. Volvamos al momento en el que OCURRIÓ. Hay ciertos momentos en la historia de una personas que, no sabes muy bien por qué, si fue por la música de Supersubmarina o Samurai, que en ese instante estaban sonando a toda hostia en mis oídos (para poder desatender al señor amigo de Pedro) o por que estaba en un entorno propicio para la reflexión o autorreflexión, pero sentí uno de esos momentos casi ataráxicos en el que pensé: estoy donde debo estar (también acompañado de la sensación de ausencia de una persona que me hubiera encantado que también me acompañara en esos instantes, pero que por circunstancias de la vida no podíamos estar juntos. Si lo lees, sabes que eres tú).

Estoy donde debo estar. Pensó mi cerebro emocionado y los ojillos (menos mal que ninguno de los trogloditas que me acompañaban me vio) se anegaron del líquido de la tristeza y la felicidad que a veces te visita sin saber por qué. Sí, me emocioné entre canciones como “Supersubmarina”, “De las dudas infinitas” o “Palabra prohibida” (que, para alguien que está pasando un momento de bajoncillo emocional desaconsejo totalmente pero, ya sabes, el ser humano es incongruente incluso en sus peores momentos).

Y es así, en ese instante del universo, en el que te das cuenta de que la familia que eliges es algo tan importante que tienes que tener mucho ojo para elegir, mucho mimo para cuidar, altas dosis de bullying positivo y omnipresencia en los momentos en los que algún corazón elegido necesita de tus cuidados. Por muy disfuncional que sea tu familia elegida, como dicen los mosqueteros: “uno para todos y todos para uno”.

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Las canciones hablan de mí